La Academia Dominicana de la Historia:

Entre el saber y el poder (1931-2006)1

por: José Guillermo Guerrero Sánchez2

 

 

“Todos los estudios en las ciencias humanas son históricos”  

W. Dilthey  

“No hay poder sin saber, ni saber sin poder”  

M. Foucault    

 

 

Este ensayo pondera las contribuciones de la Academia Dominicana de la Historia en su 75º aniversario en el marco de la relación entre poder y saber. Sólo así se puede realizar un estudio crítico de la institución, recuperar sus contribuciones ignoradas y evitar elogios desmesurados y críticas impertinentes o fuera de contexto. La limitación política de la Academia durante la dictadura de Trujillo no le impidió realizar valiosos aportes y la libertad democrática no ha producido las contribuciones críticas que debían de esperarse. En todo caso se descarta una lectura unívoca entre historia, saber y poder.

 

La Academia fue fundada el 16 de agosto de 1931 en el Aula Magna de la Universidad de Santo Domingo, según el Decreto Nº 186 del 23 de julio de 1931. Desde sus inicios, constituyó un hito en la historia de la República Dominicana. Como dijo don Federico Henríquez y Carvajal, su primer presidente, es la síntesis de la historia y la cultura dominicana.3

 

Su objetivo básico es el conocimiento y la difusión de la historia dominicana. Sus publicaciones, entre las cuales se destacan 168 números de la Revista Clío y 70 libros, constituyen un acervo bibliográfico indispensable para la investigación histórica del país. En ellas se abordan también temas relevantes para la Filosofía, la Sociología, la Economía, el Derecho, la Genealogía, la Ciencia Política, la Antropología, el Arte, la Literatura, la Educación, el pensamiento social, la oralidad, la vida cotidiana y las mentalidades.

 

No hay allí un tema ajeno al interés de las Ciencias Humanas y las Humanidades en general. En sus inicios, Clío tenía un formato periodístico de fascículo con artículos publicados en varios números, temas, noticias, cartas y bibliografía nacional y extranjera. La diversidad temática obedecía al tipo de formación intelectual de la época. En la medida en que la historia se convirtió en un campo más especializado, la diversidad temática se redujo.

 

Realizar en su 75º aniversario una síntesis de sus contribuciones y debates es una tarea compleja, problemática y, seguramente, difícil de alcanzar por la variedad de temas y autores. Por la Academia pasaron o escribieron figuras de la talla de Federico Henríquez y Carvajal, Emilio Prud’homme, Félix Evaristo Mejía, el arzobispo Adolfo Nouel, Max y Pedro Henríquez Ureña, Emilio Rodríguez Demorizi, Vetilio Alfau Durán, Manuel Arturo Peña Batlle, Joaquín Balaguer, fray Cipriano de Utrera y Julio Genaro Campillo Pérez. Esta honrosa lista es injusta porque deja fuera más de cincuenta autores no menos relevantes para el pensamiento social dominicano. Lo mismo sucede con los formatos y temas abordados, entre los cuales se incluyen ensayos, artículos, investigaciones, documentos, críticas y debates.

 

Como mínimo podemos seleccionar unos veinte conectores temáticos claves: el concepto de historia; investigación y enseñanza de la historia; archivos y documentos; eventos conmemorativos; prehistoria y arqueología; historia colonial, republicana y contemporánea; relaciones entre Francia, Haití y República Dominicana; Estado y nación; independencia, anexionismo y nacionalismo; pensamiento liberal y conservador; símbolos y efemérides patrias; Iglesia; patrimonio histórico e identidad nacional.

 

El Decreto No 186 del 23 de junio de 1931 que creó a la Academia Dominicana de la Historia determinó que: “quedará solemnemente inaugurada el próximo 16 de Agosto en el aula magna de la Universidad de Santo Domingo. (…) “celebrará sus sesiones, por el momento, en el local del Consejo Nacional de Educación” (…). La Superintendencia General de Enseñanza pondrá a disposición de la misma el material que necesite para su funcionamiento y proveerá a su instalación”.

 

Este párrafo estableció gran responsabilidad a Max y Pedro Henríquez Ureña, como incumbentes de esta cartera, en la creación de la institución. El decreto fue modificado en 1997 y 2003. Los miembros iniciales de la Academia fueron 13: Monseñor Doctor Adolfo Alejandro Nouel Bobadilla; Dr. Américo Lugo Herrera; Dr. Federico Henríquez y Carvajal; Lic. Manuel Ubaldo Gómez; Dr. Manuel de J. Troncoso de la Concha; Dr. Arturo Logroño; Dr. Max Henríquez Ureña; Lic. Emilio Prud´homme; Lic. Leonidas García; señor Emilio Tejera Bonetti; Dr. Alcides García; y Sr. Ramón Emilio Jiménez.4 Américo Lugo Herrera y los hermanos Alcides y Leonidas García Lluberes declinaron el nombramiento.

 

El primero motivó la decisión en carta del 20 de agosto del 1931 “a causa de arraigadas convicciones personales”.5 En 1928 había declinado la membresía en la Academia de la Lengua porque argumentó no sabía escribir a la altura de la institución y el único que podía hacerlo era Emiliano Tejera y había fallecido. Los hemanos García no explicaron la actitud, pero se suponen conflictos internos con otros miembros de la institución u oposición al régimen de Trujillo.

 

En 1933 el estatuto reglamentario fijó en doce los académicos numerarios siendo electos Félix Evaristo Mejía y Pedro Henríquez Ureña, quien al marcharse a Buenos Aires fue nombrado Académico Supernumerario. Por tal ausencia y por la muerte de Prud´homme fueron escogidos Andrejulio Aybar y Emilio Rodríguez Demorizi. Luego Carlos Larrazábal Blanco entró por el arzobispo Adolfo Nouel, fallecido en 1936. El 3 de junio de 1934 se enumeraron con letras mayúsculas del abecedario las sillas de los académicos de número quienes eran políticos, abogados y profesores normales y universitarios, así como connotados intelectuales dominicanos vinculados en su mayoría con la escuela hostosiana.

 

La relación con la Universidad de Santo Domingo era directa: allí se inauguró y su Rector era el Presidente de la Academia. Además, sus labores se iniciaron con la conmemoración del centenario del nacimiento del arzobispo Fernando Antonio Meriño, restaurador del Instituto Profesional, convertido en 1914 en la Universidad. La primera Acta, publicada en 1933, recogió la sesión extraordinaria del 26 de enero de 1932, día del natalicio de Duarte, en la cual se resolvió que el acto del 27 de Febrero de ese año fuese celebrado en el Aula Magna de la Universidad “ofrecida por el Rector y Maestro” Federico Henríquez y Carvajal. En la misma, Emilio Tejera propuso crear una revista, después de celebrar una Semana dedicada al arzobispo Meriño.6 La segunda sesión se realizó en la biblioteca del arzobispo Nouel.

 

En enero-febrero de 1933, bajo los auspicios de la grave y serena musa de los estudios históricos, salió el primer fascículo de la revista bimensual Clío en el estado social y político de la prensa periódica”.7 Su Reglamento, redactado el 22 de octubre de 1931, estableció que las investigaciones históricas constituyen el objeto de la Academia, cuyas funciones son investigar, adquirir, clasificar, coleccionar y conservar documentos de la historia de la Isla y de la Patria. A partir del 1934 se adoptó la frase bíblica Fiat Lux y la efigie alegórica de la musa Clío como lema e imagen.

 

El primer número de la Revista es antológico y muestra la vocación y el sentido crítico que la institución habría de jugar a lo largo de su historia. Se publicó la lista de los miembros, la ley que fijaba la sede en el Alcázar, los discursos de Federico Henríquez y Carvajal, Fernando Defilló y José Fietta leído durante la realización de una semana dedicada a Meriño, las actas de la institución y sendos informes de Emilio Tejera y de Cayetano Armando Rodríguez, quienes fueron escogidos para indagar y fijar posición sobre dos temas específicos: el nombre de la Isla y la contribución del padre Gaspar Hernández a la Independencia Nacional.

 

En efecto, Emilio Tejera estableció el nombre oficial de la Isla de Santo Domingo después que Pedro Henríquez Ureña, Superintendente de Enseñanza, le remitiera el 2 de febrero de 1932, un informe de la Junta Geográfica norteamericana al respecto.8 Respondía a una vieja cuestión aún no zanjada con los Estados Unidos y la República de Haití que la llamaban Hispaniola y Haití, respectivamente. Se propuso el nombre de Isla de Santo Domingo. Aunque no existe aún consenso oficial entre las dos repúblicas de la Isla sobre un solo nombre, el informe de Emilio Tejera, del 14 de junio de 1932, dejó sentado el origen y evolución del gentilicio dominicano.9

 

Por su parte, Cayetano Armando Rodríguez recogió datos biográficos del padre Gaspar Hernández a fin de establecer si era o no independentista. Se trataba de una cuestión vital para el reconocimiento de la máxima proceridad a Juan Pablo Duarte ante lo cual el cura limeño había sido colocado como obstáculo. Esta labor de Cayetano Rodríguez constituye un ejercicio cabal de crítica histórica. Publicó anexo dos cartas de 1897 en la cual José Gabriel García, el padre de la historiografía dominicana, señala el proyecto politico e ideológico anti duartiano que buscaba resarcir al padre Gaspar Hernández.

 

En la primera dirigida a Federico Henríquez y Carvajal el 10 de septiembre de 1897 decía: “No contentas las pasiones políticas, en su afán de regatear glorias a unos para atribuírselas a otros, con combatir a Duarte con Sánchez, a Sánchez con Mella y a los tres con Santana, apelaron (…) a la invención de que la idea separatista no fue obra de Duarte sino del padre Gaspar Hernández. Por supuesto que nunca pudieron presentar en su apoyo un documento porque no lo tenían (…) pero lograron que la propaganda fuera abriéndose paso”.10

 

La segunda carta es de Domingo Morcelo del 8 de septiembre de 1897 en la que rememora la respuesta de Gaspar Hernández a su padre en la que felicita a los dominicanos por haber sacudido el yugo de la dominación de los “mañesescocolos” y abriga la esperanza de que “ustedes no han sido nunca ingratos con su madre patria, pronto se aclamarán a ella”.11 Federico Henríquez y Carvajal cerró el caso con las siguientes palabras: “un error de concepto o la la fantasía tropical, en sus divagaciones infundadas ha atribuido al padre Gaspar Hernández una participación directa e importante en la magna obra realizada por Duarte y la Sociedad de los Trinitarios desde 1838 hasta 1844”.12

 

En la actualidad, la institución defiende la autenticidad de los restos de Colón en Santo Domingo y recomienda al Estado no autorizar estudios de ADN sin un aval o acuerdo oficial con España. El tema, por su naturaleza, es considerado un asunto de Estado.

 

La Academia ha tenido siete presidentes y cinco sedes. Los presidentes: Federico Henríquez y Carvajal; Manuel de Jesús Troncoso de la Concha; Emilio Rodríguez Demorizi; Hugo Polanco Brito; Julio Genaro Campillo Pérez; Roberto Cassá; y José Chez Checo. Las sedes: la Universidad de Santo Domingo; la casa de Federico Henríquez y Carvajal; la Biblioteca de la Tercera Orden de los Dominicos; la Capilla de la Soledad de la Iglesia de las Mercedes; y la Casa de las Academias. Parece que no llegó a funcionar en la Superintendencia de Enseñanza ni en el Alcázar de Colón como había sido establecido por los Decretos de 1931 y 1932.

 

Actualmente, la Academia la componen 24 académicos de número, 36 correspondientes nacionales, uno supernumerario, varios correspondientes extranjeros, 10 miembros protectores y 37 colaboradores. Los miembros de número entran con un discurso de ingreso y se reciben con otro discurso en contestación. Este procedimiento fue adoptado en todas las academias del mundo después que Olivier Patru lo hiciera en la Academia Francesa en 1640. Los acuerdos y acciones se hacen constar en Actas. Una Junta Directiva, electa por los miembros de número en períodos de tres años, constituye su órgano ejecutivo.

 

La Academia agrupa intelectuales de ideas profundas y recias personalidades. No es el momento de realizar un inventario biográfico de sus miembros y colaboradores, sino de señalar con dos ejemplos la convergencia de competencias científicas y humanas. Veamos a Federico Henríquez y Carvajal y a fray Cipriano de Utrera. El primero falleció el 4 de febrero del 1952 a los 103 años de edad. A los cuatro era todo un lector, luego se hizo monaguillo y discípulo de Meriño en el Seminario Santo Tomás de Aquino. Escribía décimas y cartas eróticas que, según su testimonio, eran: “muy sugestivas, para galanes campestres o para condiscípulos rebeldes a la peñola. Algunas se hicieron famosas entre clérigos y seminaristas enamorados”.

 

Consagrado a la difusión de la cultura nacional, tenía varias influencias en su manera de pensar, pero en en el estilo, ninguna. Fue discípulo de Hostos y amigo de Martí, quien le consideró ser más cubano que él. Era una biblioteca de la oralidad y del documento escrito. En 1884 Alejandro Bonilla hizo un retrato de Duarte para la fecha en que se trajeron sus restos tomando como modelo “la efigie de un príncipe europeo de un notable parecido a Duarte. Con tal modelo ayudó la fiel evocación de su memoria e hizo el retrato del apóstol”.

 

El maestro Federico Henríquez escribió un artículo titulado He visto a Duarte, pero no lo hizo en persona, sino a través del cuadro de Bonilla. Lo importante no es su visión idealista, sino el dato de que la figura de Duarte que hoy culturamos tiene más de un príncipe europeo que del Duarte dominicano de carne y hueso.

 

El segundo caso: En 1957 murió en España Manuel Higinio del Sagrado Corazón de Jesús Anjona y Cañete, mejor conocido como fray Cipriano de Utrera, quien había llegado a Santo Domingo en 1910. Sabio, implacable contra las consejas y los yerros históricos; manso no como oveja, sino como abeja. Refutó en 1932 la primacía de la Universidad de Santo Domingo porque negaba la validez de la bula y carecía de pase regio. Rodríguez Demorizi le preguntó en 1954 si no había encontrado algo nuevo sobre la universidad y le respondió: “No, y cuando lo encuentre lo publicaré en el acto”. Sostuvo una polémica con Leonidas García sobre la Puerta del Conde. Después de un tiempo, Demorizi le llevó un documento que aclaraba la cuestión en contra suya. Al día siguiente Utrera publicó un artículo dándole la razón a García.13

 

Una primera y penosa conclusión, después de revisar el acervo bibliográfico de la institución, es el desconocimiento de sus contribuciones por parte de la intelectualidad del país. Aquí debo hacer una confesión pública. Recibí el título de Licenciado en Historia en la UASD en el 1991, pero fue en este año de 2006 cuando realmente creo haberme graduado de historiador. El presidente de la Academia, José Chez Checo, me propuso en junio del año en curso preparar este discurso sobre la Historia de la Academia en su 75º aniversario. Sólo le pregunté: “¿Cómo yo puedo hacer esto en tan corto tiempo?” Y me respondió: “Ahí está Clío, sus artículos y actas”.

 

La lectura que hice de la revista fue diferente a la que se acostumbra cuando se consulta esa fuente. Por lo general, se identifica un tema, se busca en el índice y se extrae la información, sacándola del contexto. La lectura generalizada y de manera sucesiva me permitió comprender cómo se formaron en el tiempo y el contexto la historia de los grandes temas de investigación y debate de la historia dominicana. Desgraciadamente, muchos son los libros publicados actualmente en los que sus autores no consultan el índice de Clío y del Boletín del Archivo General de la Nación escrito por Tobías Cabral Mejía.14

 

Es de rigor, de ética y de público conocimiento que una investigación científica se realiza no sin antes revisar la bibliografía existente. Muchas serían las correcciones y rectificaciones de los libros de historia si se consultaran dichas fuentes. Por ejemplo, un profesor de historia se hubiera enterado de que Enriquillo no fue enterrado en Boyá, sino en un pueblo cercano a Azua, según lo expresó el propio cacique en una carta reproducida en Clío por Emilio Rodríguez Demorizi en 1959: “Firmaba Don Enrrique yndio. Murió en septiembre de 1535 (…) como buen cristiano, habiendo recibido los sacramentos y se hizo traer a enterrar a un pueblo de esta isla que se dize la villa de Azua. Hizo testamento y mandó que su mujer doña Mencía y un primo suyo que se dezía el Capitán Martín de Alfaro, fuesen caciques en su lugar”.15

 

La propia historia de la Academia tiene interés para el estudio del pensamiento social dominicano y la relación entre Estado, Ciencia e Ideología. La institución aglutina a investigadores especializados en Historia y Ciencias Sociales con variadas orientaciones. Ni la Era de Trujillo, con sus conocidos métodos de control ideológico, impidió el ejercicio de la crítica histórica. La institución no tiene posturas excluyentes ni teme el debate de cuestiones que impliquen posturas contradictorias y múltiples interpretaciones. Ella se forjó con el compromiso de investigar la historia dominicana y universal en una perspectiva científica, constituir las fuentes y archivos históricos nacionales, promover investigaciones, orientar la enseñanza y crear un foro permanente de análisis y debates de los temas de la formación de identidad nacional.

 

Un aporte significativo de la institución ha sido consolidar las ideas y conceptos de la identidad nacional perfilando como figura cimera a Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria, y reconociendo la proceridad de Sánchez, de Mella, de los héroes restauradores y del pueblo dominicano que lucha permanentemente por la libertad, la democracia y la soberanía nacional.16

 

Un análisis crítico de las contribuciones de la Academia debe realizarse en el marco de la relación entre poder y saber. De esta manera se evitan elogios desmesurados y críticas impertinentes o fuera de contexto. Así como no existe el arte por el arte, tampoco la historia sucede, se investiga y se escribe “porque sí”, sin motivos ni razón. La historia es un objeto muy complejo y hasta confuso, pues una misma palabra alude a la realidad histórica y a su estudio.

 

Por eso se afirma que la historia acontece dos veces: cuando sucede y cuando se escribe. El ciclo se cierra con la investigación y la enseñanza. Entre el hecho real y su enseñanza puede haber diferencias, interpretaciones y conflictos. El hecho histórico sucede una vez, es irrepetible, pero se reproduce de manera estructural, sin la identidad del comienzo. Todas las repeticiones de la historia son simbólicas o alegóricas. Como dijo Hegel, retomado por Marx, cuando parece repetirse lo hace como farsa y tragedia.

 

El registro y la investigación científica de los hechos históricos son recientes. Si bien es cierto que Heródoto y Tucídides escriben historias sociales con cierta base científica, es a partir del siglo XIX, con el desarrollo de los métodos científicos en las Ciencias Naturales y Sociales, la creación de museos y archivos oficiales, la enseñanza universitaria y la creación de academias científicas, que la historia se convierte en una actividad científica. En el país la historia se estudia a nivel universitario sólo desde 1972.

 

Cuando la historia se construye como ciencia se define la objetividad del hecho histórico, la historia es lo que es, y se relativiza el concepto de verdad histórica. Pedro Henríquez Ureña, en su crítica al positivismo en 1905, cita a Nietzsche cuando afirma que más que hechos lo que existe son interpretaciones. Así como la investigación nunca agota el hecho histórico, tampoco la historia se escribe y se enseña de una vez por todas: es que no está hecha de una materia muerta, petrificada, sino que se gesta permanentemente. Por eso es importante captar las ideas y los procesos ideológicos y culturales a través de los cuales se enmarca el oficio del historiador y se construye el campo de la historia, sus instituciones, estados y dinámicas, continuidades y persistencias, tensiones y conflictos, resoluciones e irresoluciones, innovaciones y cambios reales.

 

El mismo orden en que aparecen los temas y contenidos puede ayudar a re-escribir la historia novedosamente.17 Las principales tesis de la historia dominicana se construyen en luchas teóricas y contextos políticos diversos. En este sentido, el orden de los temas es tan importante como su contenido. ¿Por qué la Academia se inició con la conmemoración del centenario del nacimiento de Meriño? La publicación de una carta de Hostos o una recreación de un diálogo de Mella pueden referirse a hechos del pasado, pero también a coyunturas del presente.

 

Los académicos dominicanos no pueden eludir las ambigüedades y retos inherentes del oficio del historiador, el cual oscila entre estudiar los hechos del pasado y repensarlos desde el presente.18 Sus dos grandes “obstáculos epistemológicos”, según Gastón Bachelard, son interpretar el pasado por el presente y creer que el presente es consecuencia mecánica del pasado. El concepto moderno de historia implica dos tesis. Primero, la historia realidad y estudio como un hecho en construcción. Esta perspectiva constructivista de la historia es aún más importante para la enseñanza de la historia. Segundo, el saber de la historia está condicionado por el poder político y los intereses sociales. Son los intereses sociales y conflictos de la sociedad lo que definen las prioridades de la investigación y enseñanza de la historia.

 

La historia como conocimiento adquirido mediante investigación y narrado en forma ordenada y cronológica es consustancial al desarrollo del Estado. Por tanto, tiene una función política, social e ideológica. En efecto, desde su origen el relato histórico se dirige hacia fines prácticos. Una vez aparece el Estado, la civilización y la escritura proliferan inscripciones para glorificar héroes y conmemorar hazañas. En el Estado moderno son sus intereses temporales el centro de la historia. La historia política aún hoy conserva una prevalencia indiscutida y, para una determinada corriente, es la única de importancia. Como bien afirma Lefebvre, la historia ha sido también para el historiador un pretexto y un medio de hacer la apología de su propia nación.19

 

La historia dominicana, como toda ciencia, y la Academia Dominicana de la Historia, como institución, constituyen aparatos ideológicos de Estado. La Academia es una sociedad científica establecida con autoridad pública, pero es el poder del Estado que la legítima. Conmemora de manera especial las fechas patrias y los aniversarios (nacimiento o muerte) de próceres y acontecimientos de la historia dominicana como un deber cívico y función pública. De esta manera registra la memoria social y convierte la historia en mito, en el sentido antropológico de creencia primigenia socialmente compartida, sagrada y verdadera.

 

En Historia, según Marc Bloch, los orígenes o principios tienen un estatuto metafísico. Pocos son los historiadores que no sucumben a su mágico influjo. Para muchos la historia trata el pasado o, mejor, el origen del presente desde el pasado.20 Conmemorar el pasado desde el presente cumple siempre una función ideológica de fortalecimiento del Estado. Por eso los homenajes a héroes y próceres servían de pretexto para la apología del régimen de Trujillo. El Estado se legitima y actualiza por los rituales festivos patrióticos oficiales. Por eso durante la Ocupación Militar Norteamericana de 1916-1924 las efemérides patrias pasaron desapercibidas o “en silencio” por motivos obvios. En la Era de Trujillo no sólo se convirtió la historia en mito, sino que aquella se rescribió por completo.

 

El Estado hace de la Historia una ideología y de su Academia, un aparato ideológico. Como la define su primer presidente Federico Henríquez y Carvajal es una institución oficial, secundaria y auxiliar del Estado.21 La Academia Dominicana de la Historia fue inaugurada por Trujillo apenas un año después de su toma del poder siendo quizás la primera institución académica inaugurada por el régimen. Durante su gobierno, la historiografía dominicana tuvo dos vertientes a menudo combinadas: una, erudita o documentalista apegada a los hechos, y otra, mitificadora, laudatoria y providencialista.

 

Fueron representantes de la primera Emilio Rodríguez Demorizi y fray Cipriano de Utrera y de la segunda, Manuel Arturo Peña Battle y Joaquín Balaguer Ricardo.

 

La relación entre Academia y Estado es mutua, pero también de relativa autonomía. En sus inicios funcionó con cierta autonomía ideológica y tensiones típicas entre la intelectualidad y un régimen tiránico como el de Trujillo. A pesar de que la Academia no sufrió interferencia política de parte de Trujillo, desde finales de la década de 1940, de manera progresiva pasó a estar condicionada por la maquinaria ideológica del régimen. De ahí que se hiciesen reconocimientos a su figura en publicaciones institucionales y en textos de sus integrantes. Asimismo, se emitió un decreto que estipulaba que las decisiones de la institución en materias históricas eran inapelables. La Iglesia era infalible en la fe y la Academia en la Historia.

 

El episodio más lamentable de tal condicionamiento fue la exclusión del historiador vegano Guido Despradel Batista, a fines de 1950, por considerarse que no se refirió correctamente a la figura del Jefe en su discurso de ingreso. Al ser derribado el régimen de Trujillo, se derogó el decreto que atribuía a la Academia “la última palabra” en materia historiográfica y la institución solicitó cambiar y restituir el nombre original de Santo Domingo a la capital dominicana.22 En 1997 y el 2002 se modificaron los estatutos para mayor dinamismo, criticidad y diversidad entre sus miembros.

 

Al principio, las referencias a Trujillo eran vagas, aunque cuando las acciones de la Academia se enmarcaban en “la paz, cultura y progreso del país” se aludía implícitamente a su régimen. Algunas disidencias existieron como las de Rufino Martínez, Gustavo Adolfo Mejía Ricart, Américo Lugo y de los hermanos Leonidas y Alcides García Lluberes, hijos de José Gabriel García, quienes nunca aceptaron ser parte de la Academia, aunque ayudaron a organizar los archivos históricos y los últimos tres escribieron mucho en la revista Clío. De todas maneras, las polémicas y la tolerancia de las disidencias en los debates de la historia servirían como propaganda de que el régimen respetaba la libertad de pensamiento.

 

En efecto, el primer mensaje directo de Trujillo en Clío apareció el 1º de febrero de 1934 en el día del Periodista: “Mi gobierno, que ha apreciado siempre su justo valor la función de la prensa, que le ha abierto amplio camino de libertad para que pueda realizar con plenitud su bienhechora labor social”.

 

No fue casual la escogencia del día, pues la Academia entendía que su contribución se realizaba en el desarrollo del periodismo nacional. El fascículo 6 de Clío terminó el año de 1933 augurando feliz año “bajo la égida de la paz social y del orden jurídico en honra y con provecho de la República”.

 

Aún así, la carta fue exaltada en la revista, pero sin mencionar el nombre de Trujillo. Comúnmente, este tipo de actitud se consideraba como un desafío al régimen. En un discurso pronunciado el 27 de febrero de 1891 y reproducido en la ocasión, Federico Henríquez y Carvajal ponderó la actitud crítica del patricio Mella frente a la Matrícula de Segovia en 1856. Un grupo habría propuesto instaurar una dictadura, escrita en negritas, como solución al conflicto y a Mella como dictador, pero que éste se opuso prefiriendo mantener el orden y expulsar al cónsul español.23 ¿Qué lectura podría recibir este texto? Seguramente, muy ambigua: podría oscilar entre la crítica y el apoyo al régimen.

 

Igual efecto tendría el artículo sobre Máximo Gómez titulado El Generalísimo o la reproducción de cartas de Hostos de 1893 donde éste acusa desilusión, enfermedad física y moral o mal de patria por la política. Una notícula reseñó la reelección de Trujillo el 16 de mayo de 1934 “como prueba de su confianza ante el pueblo”. En la reproducción de una carta, escrita después de la muerte de Lilís, Hostos decía que la tiranía no era inmortal, pero que la transición a la democracia no era segura porque “los tentáculos del cómplice tiranizador se extienden hondamente por el sub-suelo y la sub-alma de la sociedad que ha personificado representativamente, delegado efectivo de poder, de carácter, de cultura, de estado social (…) secuela de tiranuelos”.24

 

Y ante la pregunta de “¿se promoverá ese esperado alzamiento de la sociedad dominicana? Hostos respondió: “Ansiosamente estoy esperándolo. ¡Que salga el sol! Que lo saluden los viejos y los nuevos, que las nuevas generaciones lo contemplen”.25

 

Estos ejemplos, escogidos al azar, indican la relación compleja entre Estado, Ciencia e Ideología y la lucha política traducida al campo del discurso histórico.

 

La primera alusión directa a Trujillo fue en 1934, en un artículo de José de Jesús Ravelo titulado Historia de los himnos dominicanos26 donde el autor dijo que: “me he permitido dedicar esta conferencia al jefe del Estado como una prueba de mi leal adhesión…el presidente dominicano que con más unción patriótica se ha interesado por el Himno”.27

 

El artículo es un aporte antológico sobre la historia del himno y muestra una lucha de intereses en torno al mismo, su relación con el pensamiento duartiano y el uso político que Trujillo dio al tema desde el inicio de su gobierno, pues dispuso, en octubre de 1931, que se tocara en los actos públicos y en 1934 finalmente lo oficializó. El 28 de junio de 1934, Teódulo Pina Chevalier remitió a la Academia el Himno que era “alabanza a la Patria Nueva y a su Gran Benefactor” con el cual Trujillo inauguró su nuevo período el 16 de agosto de 1934.

 

Alguna tensión habría el 11 agosto 1935 cuando se reclamó a la Academia intensificar las acciones “para que respondan a los altos fines de su creación y a la labor reconstructiva de la hora (...) ideas e iniciativas acerca de la labor a su cargo, cónsonas con la obra de progreso que perfila al momento”.

 

Federico Henríquez y Carvajal respondió con un reporte de iniciativas, actos académicos, publicaciones, lápidas y tarjas, informes y variadas consultas. Trujillo no asignó el presupuesto necesario para la publicación de Clío y otros eventos, a pesar de que “ninguna otra institución social en el país, aventaja a este centro en su labor de cultura”.

 

En noviembre-diciembre de 1935 Clío publicó en primera página la famosa carta de Américo Lugo dirigida a la Academia en la que éste se compromete a escribir una Historia de Santo Domingo que sólo abarcaría hasta el gobierno de Lilís. El autor decidió: “abstenerme de formular ningún juicio histórico sobre sucesos ocurridos en lo que va de siglo (…) a la historia contemporánea le falta la perfección de la imparcialidad en grado tal, que la verdad puede muy fácilmente naufragar en ella entre los escollos del interés o del temor. Con bastante frecuencia el temor ahoga a los contemporáneos, el interés los enloquece y la adulación es lepra de su lengua”.28

 

Lugo propuso estudiar “las líneas generales que los hechos ocurridos en el suelo dominicano, han determinado, imprimiéndole a nuestro pueblo su particular carácter, o sea el parentesco, conexión o dependencia real entre ellos (…) pueblo admirable e infeliz (…) “la historia de la Isla de Santo Domingo tiene y tendrá (…) un carácter esencialmente provisional, lo que me obligará a ser cauto con las generalizaciones”.29

 

Otorgó a las correspondencias históricas mayor valor que a los documentos oficiales.30 La carta fue oída “con cívico interés por los académicos” y la Academia recomendó acometer la obra “libre de prejuicios”. Un historiador llegó a ver la carta de Lugo devuelta del despacho de Trujillo con el acuse de recibo de “irrespetuosa e irreverente”.

 

El Acta 7 del 21 de junio de 1936 otorgó el poder a la Comisión de Publicaciones para eliminar toda cláusula o nota en cualquier escrito, en todo o en parte, que tenga o parezca tener carácter personal aunque sea de mera crítica.31 El control y la censura no impidieron la expresión directa por parte de algunos académicos por lo que, a partir del 10 de junio de 1952, se incluyó una coletilla anunciando que “la Academia no se hace solidaria de las opiniones emitidas en los trabajos insertos en Clío, de los cuales son únicamente responsables sus autores”.

 

La muerte de Trujillo y la desaparición de su régimen autoritario propiciaron el surgimiento de una corriente historiográfica crítica. En este resurgimiento historiográfico jugaron un papel decisivo las ideas del Movimiento Renovador, la cátedra de Historia Social Dominicana y la Escuela de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Basados en el materialismo histórico y/o en la Historia Social y Económica, la nueva historia dominicana la investigan y escriben Emilio Cordero Michel, Roberto Cassá, José Chez Checo, Frank Moya Pons, Jaime de Jesús Domínguez, Juan Isidro Jiménez Grullón, Juan Bosch, entre otros.

 

Bernardo Vega publica documentos inéditos sobre la historia contemporánea; Carlos Esteban Deive, Amadeo Julián y Genaro Rodríguez investigan en archivos españoles, Fernando Pérez Memén estudia la historia eclesiástica en el país, y Raymundo González incursiona en aspectos de la vida cotidiana durante la colonia.

 

La llamada historiografía científica aprovecha la documentación de la corriente tradicional, erudita o documentalista sometiéndola a la crítica. En vez de una historia de acontecimientos políticos y militares, guiada por una providencia metafísica o un héroe-demiurgo, se enfatizan los procesos económicos y sociales y la vida cotidiana. Son dos escuelas diferentes en cuanto a la teoría y al método, aunque en cierto sentido, coexistentes. La nueva historiografía y su perspectiva crítica ha aportado una nueva interpretación de la historia dominicana gracias a los aportes documentales de la escuela anterior.32

 

Paradójicamente, en tiempos de libertad y democracia, desaparecen sintomáticamente las polémicas y críticas al estilo de Alcides García y Américo Lugo o entre Leonidas García y fray Cipriano de Utrera. La historia pierde su importancia central ideológica por lo que no constituye prioridad política para el Estado, mientras los medios de comunicación constituyen los principales aparatos ideológicos de éste. El Estado, en la era de la post modernidad, la globalización y la tecnología de la información y de la comunicación, no precisa de la Historia para el dominio de las masas, sino los medios de distracción masiva.

 

No obstante, la Historia guarda alguna vigencia social, por su gran potencialidad formadora. Desde Fernando Braudel se busca una “historia total” capaz de integrar niveles de la vida social, económica, política, jurídica y cultural, sin dejar de lado acontecimientos extraordinarios y la vida cotidiana. La Historia se justifica y el oficio del historiador se dignifica no sólo por su valor científico sino también educativo. Una nación que proyecte su desarrollo ante un presente y futuro de cambios acelerados permeados de incertidumbre jamás podrá prescindir de la Historia por ser ésta una dinámica permanente de estructuras sociales mutables.

 

Desde Heródoto y Cicerón la Historia es considerada maestra de la vida y musa inspiradora de nobles ideales humanos y crisol de la conciencia nacional. Advertía el filósofo Hegel que la historia jamás se repite y cuando parece hacerlo lo hace como tragedia y como farsa. Para no repetir los errores de la Historia es obligatorio conocerla. Y en esta tarea los aportes de la Academia y su legión de historiadores han sido fundamentales.

 

El Estado, la Nación y el pueblo dominicano pueden contar con una institución como la Academia Dominicana de la Historia, que en su 75º aniversario, es estandarte permanente de los ideales patrios, la defensa de la soberanía y la identidad nacional.  

 

Fuente: Clío 172, Santo Domingo, 2006

Historia Legal

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Bibliografía:

 

1.- Conferencia pronunciada en el local de la Academia Dominicana de la Historia la noche del jueves 10 de agosto de 2006, para conmemorar el 75º aniversario de su fundación.

 

2.- Miembro correspondiente nacional de la Academia Dominicana de la Historia.

 

3.- Academia Dominicana de la Historia. Declaración de la Academia Dominicana de la Historia en su 75 aniversario. Santo Domingo, 16 de agosto 2006.

 

4.- Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones emanadas de los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la República Dominicana. Santo Domingo Imprenta Vda. García, 1932, pp. 388-389.

 

5.- Américo Lugo. “Carta a Federico Henríquez y Carvajal, 20 de septiembre de 1931”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1931, p. 20.

 

6.- Emilio Tejera. Clío 5, Ciudad Trujillo, septiembre-octubre de 1933, pp. 145-146.

 

7.- Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, p. 1.

 

8.- Pedro Henríquez Ureña. “Carta a Federico Henríquez y Carvajal. Informe sobre nombre de la Isla, 2 de marzo de 1932”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, p. 21.

 

9.- Emilio Tejera. “Santo Domingo o La Española. Informe del académico don Emilio Tejera”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, pp. 11-15.

 

10.- José Gabriel García. “Carta a Federico Henríquez y Carvajal. (Sobre Gaspar Hernández). Revista Letras y Ciencias, Santo Domingo, 10 de septiembre de 1897”. En Federico Henríquez y Carvajal. “Carta a Teódulo Pina Chevalier. (Informe de Cayetano Armando Rodríguez sobre Gaspar Hernández, 30 de enero de 1933”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, p. 16.

 

11.- Domingo Morcelo. “Carta a José Gabriel García. (Respuesta a su padre de Gaspar Hernández, 8 de septiembre de 1897)”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, p. 17.

 

12.- En Federico Henríquez y Carvajal. “Carta a Teódulo Pina Chevalier. (Informe de Cayetano Armando Rodríguez sobre Gaspar Hernández, 30 de enero de 1933”. Clío 1, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1933, p. 22.

 

13.- Emilio Rodríguez Demorizi. “Fray Cipriano de Utrera”. Clío 26, Ciudad Trujillo, 1958, pp. 3-6; Fray Cipriano de Utrera. “La Mejorada del Cotuí”, Boletín del Archivo General de la Nación 14, Ciudad Trujillo, 1951, pp. 237-248; Clío 132, Santo Domingo, enero-diciembre de 1976, pp.17-37; “El estudio de la ciudad de Santo Domingo”. Clío 16, Santo Domingo, 1948, pp. 145-177; Leonidas García Lluberes. “Ripios históricos. La décima, El Cotuy”. Clío 117, Ciudad Trujillo, julio-diciembre de 1960, pp.175-180; y Federico Henríquez y Carvajal. “He visto a Duarte”. Clío 20, Ciudad Trujillo, 1952, pp. 10-11.

 

14.- Tobías E. Cabral Mejía. Índice de Clío y del Boletín del Archivo General de la Nación. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1972.

 

15.- Emilio Rodríguez Demorizi. “Una carta de Enriquillo”. Clío 11, Ciudad Trujillo, enero-diciembre de 1959, pp. 15-17.

 

16.- José Guillermo Guerrero. “La historia, entre el saber y el poder”. Listín Diario, Sección La Vida, p. 4. Santo Domingo, 20 de agosto de 2006.

 

17.- Georges Lefebvre. El nacimiento de la historiografía moderna. Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1977, pp. 11 y 16.

 

18.- Patrick Gardiner. “Historia”. En David Sills (dir.). Enciclopedia internacional de las Ciencias Sociales. Vol. 5. Madrid, Aguilar, 1975, pp. 409-413.

 

19.- Georges Lefebvre. Ob. cit., p. 18; y J. Hecht, “Historia social” En David Sills (dir.). Enciclopedia internacional de las Ciencias Sociales. Vol. 5. Madrid, Aguilar, 1975, pp. 430-435.

 

20.- Marc Bloch. Introducción al estudio de la Historia. México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 27.

 

21.- Federico Henríquez y Carvajal. “Informe al Secretario de Justicia, Educación y Bellas Artes”. Clío 33, Ciudad Trujillo, enero-febrero de 1939, p. 22.

 

22.- Roberto Cassá Bernaldo de Quirós. Academia Dominicana de la Historia. Brochure inédito. Santo Domingo, 2003, p. 7.

 

23.- Federico Henríquez y Carvajal. “Ramón Mella. Apoteosis del héroe el 27 de febrero de 1891 en el 67º aniversario de la Independencia. Discurso en el Baluarte”. Clío 8, Ciudad Trujillo, marzo-abril de 1934, p. 38.

 

24.- Federico Henríquez y Carvajal. “Cartas de Eugenio María de Hostos a Federico Henríquez y Carvajal”. Clío 10, Ciudad Trujillo, julio-agosto de 1934, p. 120.

 

25.- Ibídem.

 

26.- José de Jesús Ravelo y Castro. “Historia de los himnos dominicanos”. Clío 2, Ciudad Trujillo, marzo-abril de 1934, pp. 45-55.

 

27.- Ibídem.

 

28.- Federico Henríquez y Carvajal. “Carta a Américo Lugo, 5 de julio de 1935 (en respuesta a contrato para escribir una nueva Historia de Santo Domingo)”. Clío 18, Ciudad Trujillo, noviembre-diciembre de 1935, p. 158; Américo Lugo. “Carta a Federico Henríquez y Carvajal, 31 de agosto de 1935 (sobre contrato para una nueva Historia de Santo Domingo)”. Clío 18, Ciudad Trujillo, noviembre-diciembre de 1935, pp. 157-158.

 

29.- Ibídem.

 

30.- Ibídem.

 

31.- Clío 22, Acta 7, Ciudad Trujillo, julio-agosto de 1936, pp. 124-125.

 

32.- Roberto Cassá. “Historiografía de la República Dominicana”. Ecos Nº 1, Santo Domingo, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1993, pp. 9-39; “Notas sobre historiografía dominicana”. Realidad Contemporánea Nos. 3-4, Santo Domingo, julio-diciembre de 1976, pp. 123-135; y Frank Moya Pons. Historia dominicana, historiadores y percepción de la dominicanidad. Instituto de Estudios Superiores, Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 1976, pp. 1-16.

 

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